
Siempre nos hemos creído grandes sin darnos cuenta lo pequeño que somos en los grandes momentos que hay en la vida, sin percatarnos de nuestro pequeño tamaño y a la vez nuestra grandeza. El hombre se ha visto siempre a si mismo como un ídolo y muchas veces no tenemos ni siquiera pies de hielo que se derrite con nuestro sudor, trabajamos en busca de una gratificación, que casi siempre no nos gratifica en el verdadero sentido.
Los premios que conseguimos muchas veces nos vacían en vez de llenarnos. El acto mismo de crear es el verdadero premio ya que en el acto mismo de creación sentimos estar casi rozando el genio, esta es la gratificación que no solemos agradecer porque estamos tan llenos de ese diablillo que, algunos llaman musa, que en muchas ocasiones es tan escurridizo pero que cuando lo logramos atraer nos sentimos casi dioses; y justamente ese es el premio.
En esta imagen veo como el hombre recibe su efímero pero inmenso trofeo en la subjetividad del ser.

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